La nueva narrativa chilena

martes, octubre 17, 2006

:: La Micro ::

por Paula Guapiante

Como todos los calurosos viernes de noviembre, esperaba la MB 81, Buin - Metro 14, sentada en el paradero mientras analizaba, hilacha a pelusa, mi cansado uniforme que ya había sobrevivido tres largos y agotadores años escolares (no sé cómo yo había aguantado 13) y sentía cómo se iba endureciendo, por el peso de mi mochila no–anatómica, esa parte del cuerpo que está entre el cuello y los hombros y que, en teoría, debiera ser blanda.

El paradero estaba vacío. Gracias a una comunicación, yo estaba esperando la micro varias horas antes que mis compañeros. El calor era seco y ahogante. Cuando divisé la mole celeste me puse de pie y levanté el brazo en un ángulo levemente obtuso. La máquina se detuvo y abrió, con ese sonido airoso, la puerta delantera. Caminé directo hacia el final de la micro y me senté al lado de la ventana derecha, que era donde no legaba el sol. En la radio sonaba el asqueroso “dime que no y me tendrás pensando todo el día en ti” del guatemalteco... seguro que era la FM dos (en la mitad de las micros suena la FM dos y en la otra mitad, la radio Corazón).

Cerré los ojos tratando de dormir. No sé cuánto rato estuve sin mirar, pero cuando volví a abrir los ojos estaba sentado a mi izquierda el hombre perfecto; era exactamente el príncipe azul que esperé toda mi vida. Diego. No podía llamarse de otra manera, no porque Diego sea mi nombre favorito, sino porque su cara y su cuerpo reflejaban ese nombre. Sólo con mirarlo, supe que se llamaba Diego. (Algo así como Esteban, el ahogado de García Márquez.) Justo en ese momento se acabó la canción de Arjona y empezó Eres de Café Tacuba.

Como acostumbro a imaginar historias sin darme cuenta, esta vez no pude evitarlo y, de pronto, estaba imaginando una: Diego y yo llevábamos cerca de dos años juntos, estábamos enamorados y planeábamos casarnos. Esa noche se lo íbamos a decir a mis papás y en el almuerzo del día siguiente, a mis suegros, Raúl y Marta. Queríamos irnos a vivir a una casa, chica pero bonita, en Concepción, donde nos conocimos, o a cualquier lugar lindo y que nos acomode. Nuestro perro iba a ser quiltro y se iba a llamar Facundo, nuestra primera hija, Sofía. Después pensaríamos en los nombres del resto de los niños. ¡Sería tan linda nuestra vida!

Ahora, en la micro, íbamos al cine a ver una de Tarantino que en la sinopsis se veía buenísima. En eso, le suena el celular a Diego, él mira la pantalla, sonríe y contesta con un dulce “Hola, mi amor” y luego sigue “Sí, ya voy llegando”... “Nos vemos”... “Yo también”... “Un beso”... “Chao”. Yo no podía creer lo que escuchaba pero, a pesar de estar al borde del llanto, lo encaré:
-¡Quién era!
El sinvergüenza puso cara de asombro y, aún con el celular en la mano, se hizo el tonto
- ¿Qué?
- ¡Quién era, te pregunté! Ya toda la gente que venía en la micro se daba vuelta para saber qué pasaba.
- L... La Carola.
Comenzaron a saltar lágrimas de mis ojos.
- ¿Hace cuánto que estái con ella?
- un año y medio ¿p...
- ¡un año y medio! –lo interrumpí- ¿cómo pudiste hacerme esto? Se acabó todo, Diego.
- pero si yo no...
- ¡Te dije que se acabó todo! –le grité antes de dejarlo terminar la frase- no te atrevái a llamarme- le dije mientras me paraba y tocaba el timbre.

Me bajé rápido, y algo, nunca supe qué, hizo que dejara de imaginar y que volviera a la realidad. Desde la calle vi que toda la gente de la micro me observaba, pero lo que más me llamó la atención fue que un precioso desconocido me miraba con cara de interrogación y espanto, mientras sostenía un celular en la mano.

Después de eso, nunca más me retiré temprano del colegio por miedo de encontrarme otra vez con el hombre de mis sueños.

:: Lleve la Foto ::





sábado, septiembre 30, 2006

:: La Foto de Mi Casa ::

Esto es como un mal de familia. Mi abuela tenía varias cajas de cartón bajo su cama, allí archivaba recortes de diarios, fotos del Zig Zag, de la revista de Ferrocarriles y programas de teatro. Mi madre guarda todas las tarjetas de saludo, los telegramas, cajitas de fósforos y sobres con el primer mechón de pelo de cada uno de sus hijos. Yo también‚ la memoria no es tan confiable como quisiera. Sé que una moneda es igual a miles de otras, pero yo tengo dentro de un frasquito una de diez pesos que encontré en el patio del liceo el último día de clases de la secundaria. Ahora tengo esta fotografía, toda la fachada del edificio de cuatro pisos en que vivo. Allí está mi ventana con su cortina roja y sus vidrios sucios, tras esa cortina tal vez está mi cara o la de Natalia. También‚ está el árbol tocando con sus ramas las macetas del balcón, haciendo el puente perfecto para las hormigas en el verano. No sabemos a que hora ni que día exactamente tomaron esa foto, lo cierto es que allí está nuestro entorno, una página completa del diario para la caja de los recuerdos.

Esta era nuestra ventana, diré exhibiéndola en varios años más, cuando estemos viviendo quizás dónde. O tal vez sigamos siempre aquí y contemplemos quietos como la Villa Olímpica se transforma en ruinas a fuerza de terremotos y raíces de árboles que revientan las veredas. Entonces habremos de recordar la noche aquella, los años éstos, la vida ésta, que quizás entonces sea distinta.

"Las fachadas de los edificios circundantes no muestran huellas del tiroteo" -dice el diario-. Es verdad que no las hay, las conozco muy bien, eran las mordeduras que yo me entretenía contando en los edificios de la Alameda desde la ventanilla de una micro, era la viruela que atacaba a las ventanas, a las cornisas y a las terrazas. La primera vez que las vi fue para la sublevación de un coronel en Junio del setenta y tres. Lentamente las fueron borrando, tapándolas con cemento como si fuesen caries. Después, la epidemia. A principios de los ochenta ya casi no quedaban.

Algo pasaba afuera. Yo bajé la radio, estábamos en espera del redoble de tambores que anuncia las noticias de la medianoche. No fue el ruido, sino el silencio lo que me llamó la atención. Algo pasa, -dije para mí- mis piernas se encogieron como resortes y llegué a esa posición fetal que adquiría mi cuerpo hace tantos años cuando un vehículo frenaba en plena noche frente a nuestra casa. Frenadas, pasos, golpes de puertas, vidrios rotos. Al otro día en el almacén nos enterábamos de qué era lo que había sucedido, de cuál era el nombre del que se habían llevado. Eso fue en otro tiempo, en casa de mis padres.

Mi oído captó algo y lo pasó adentro, allí se fundió con los recuerdos. Sin que mi piel se enterara mi estómago lo supo. Agucé el oído lo suficiente para seguir los portazos de las camionetas, las frenadas pretendiendo ser silenciosas. Las portezuelas se abrían y se cerraban justo las décimas de segundo necesarias para que un hombre bajara. Los pasos afuera, sonidos mínimos de metal, tacos y voces en códigos urgentes. Revisé mentalmente los adornos de cada muralla, uno a uno los lomos de los libros, recordé que en el lavadero había ocultas dos revistas no autorizadas para circular. Quisiéramos saber que quieren, pero no hay diálogo posible. Pienso en mis amigos, tal vez alguno tenía mi dirección en su libreta, quizás eso. Nadie cuenta lo que hace, es el pacto de no preguntar, y un día abrir el diario y encontrar allí sus nombres, y con suerte, sus rostros mirando apenas. Adivino que los vecinos estarán mirando por los bordes de las cortinas, yo no, no lo hago, huelo demasiado peligro. Hasta el ruido del refrigerador que acciona su motor es un peligro. No hay que llamar la atención, esa es la regla, ser el promedio justo de comportamiento. Quizá estén agazapados al otro lado de mi puerta. Voces y motores y todo está claro, son ellos, los mismos con su idioma.

Tantos edificios aquí, tan cerca unos de otros, la intrincada ciudadela con sus pasillos enormes y sus puertas rojas y verdes con manillas de bronce relucientes, olor a cera y avisos en los descansos de las escaleras llamando a pagar los gastos comunes. Los televisores se apagaron, apenas unas pocas luces en los edificios más lejanos. Me atreví a mover un poco la cortina del ventanal del living, miré hacia arriba: estaban las estrellas.

No hubo sirenas ni parlantes intimando a rendición. Las botas suenan, suben y suben, pienso en que puerta se detendrán para derribarla. Pero ya no es posible que vengan por mis padres, en este departamento no hay niños, sólo dos adultos, los que éramos niños entonces. Pienso que no pueden ser los mismos, los de esos días ya deben estar viejos. Ya no somos niños y si vienen por nosotros no tendremos una mínima esperanza de piedad. Yo recuerdo el mar de sus sonidos. Los pasos llegan al tercer piso y suben más. Nosotros aguantando la respiración y parece que hubieran volado las murallas porque el frío nos coge todo el cuerpo. No patean ninguna puerta, pero tampoco bajan. Camino hacia la cocina y es el aire de esos años, el edificio de enfrente, el largo y tendido al sol por las mañanas, también tiene miedo, no hay nadie asomado a sus ventanas. Vendrán registrando cada casa, pienso. Mis libros están aquí, centellean y yo no tengo un patio para cavar un pique, como hizo mi padre, y meterlos todos al fondo y descubrir después que sobran tantas piedras y que la tierra de la profundidad tiene color a chocolate y un olor recién liberado que es imposible de ocultar. Los rábanos que sembramos entonces se demoraron en crecer, pero a los dos meses el verde luminoso se extendía, y el hoyo del patio lucía zurcido por manos mágicas. Camino con mis piernas tiesas como vigas, llego a la pieza, oímos más gritos, pero no entendemos que dicen; carreras, pero no sabemos si persiguen o arrancan.

Los dos primeros disparos sonaron gruesos, con todos sus ecos posibles, luego ráfagas desde muchas direcciones. Nos tiramos al suelo, a unos pocos metros todo el aire lleno de balas reventando y silbando con sus fogonazos a cuestas. Silencio. Los vehículos se van, nuestro pasaje queda allí, quieto, discretamente vigilado. Nadie se atreve a prender o a apagar luces, ha sido una hora y media de no saber qué quieren. Disparos ahora lejos, como si alguien pateara un portón de lata. Al amanecer caminamos alerta por nuestra casa, desconfiamos. Abrimos con temor nuestra puerta. Afuera todo está igual, mentirosamente perfecto, el cielo despejado también. La televisión dijo que hubo un ir y venir de disparos entre el conminado a entregarse y los agentes. Un diario informa que no hubo intercambio de disparos, ni menos que desde la ventana hubiesen hecho fuego con esa arma automática que indica el parte oficial. Sólo un diario informa la verdad, publican la foto de mi edificio sin ninguna huella en su fachada. No hay otros muertos, ningún vecino herido. Nuestras murallas son sólo planchas de zinc o ladrillo hueco, nuestros vidrios son sólo vidrios. Su dormitorio quedaba justo en diagonal a nuestra ventana. Todas las balas fueron al aire esa noche, sólo las dos primeras buscaban matar a un hombre. Fueron sombras negras que caminaron como arañas por los muros y de un salto estuvieron adentro copando todos los rincones. Afuera todos ellos, adentro todos ellos. Lo cogieron. Inauguraron la fiesta con dos disparos certeros, directo a los ojos, ineludibles para un hombre inmovilizado. El no tuvo un solo aviso, ni un mínimo presagio. Estaba, como nosotros, ya acostado, con la radio encendida sobre el velador, esperando el redoble de tambores con que la Cooperativa anuncia las noticias de medianoche.

jueves, agosto 24, 2006

:: Nada Particular ::

Por Danay


Ahora que lo pienso, desde pequeño tuve este problema, claro que en el momento no me di cuenta de ello. Es algo molesto, tal vez más que molesto paralizante. El problema es éste: digamos que de este punto al siguiente hay 8 pasos de distancia, pues bien yo no puedo simplemente dar el primer paso sino que al mirar lo que he de recorrer me pongo a imaginar que hay cientos de puntos y líneas y bifurcaciones más, entonces me demoro 1 hora en dar 8 pasos cuando mis amigos tardan segundos.

Es grave. Lo peor que con el paso del tiempo en vez de disminuir esto aumenta.
Parece que para mí las cosas no podían ser simples ni transparentes ni lineales, todo derivaba en cientos de capas y capas de posibilidades y sentimientos con respecto a un solo y minúsculo punto, miles de variables que nunca podría controlar. En estos días tan rápidos y productivos díganme si esto no era una de las más nefastas cualidades que alguien podía atribuirse.

Aún así, y como a mucha gente ha de ocurrirle, yo llevaba adelante una vida que probablemente no era la mía pero que era una al fin y al cabo, por encima de todo una vida como las que deben vivirse. Trabajo, deudas, hermana, hasta novia, a veces salía de juerga con los amigos.

Hasta que un día todo cambió.

Fue rápido y limpio pero a mi me pareció eterno y complejo, una maraña de sensaciones y voces me envolvieron cual telaraña.

Me desperté con el reloj, que sonaba todos los días a las siete de la mañana. Despertarme no me reportaba esfuerzo alguno, estaba condicionado: el reloj sonaba, yo abría mis ojos e inmediatamente eso que se llama sueño se alejaba de mi como la estabilidad a un bote en alta mar.

Apagada la alarma me dispuse a sujetar el extremo de mis frazadas para luego con un movimiento semi brusco tirarlas hacia atrás, quedando descubierto y en contacto con el aire frío dispuesto a ejecutar el segundo movimiento que me llevaría a quedar de pie, o sea levantado. Fue justo ahí. Sujeté las frazadas y sentí una punzada en la cabeza, más bien en los pensamientos si es que es posible. Pero no le hice caso, entonces tomé el impulso de tirarlas hacia atrás....aquí me confundo pues no sé con exactitud si llegué a sentir el aire frío en algún pie o la inmovilidad me fulminó antes. Con las frazadas sujetas me quedé mirando al techo, lo que hacía siempre pero ahora alargándose inexplicablemente. De golpe sentí como si alguien hubiera dejado caer sobre mi un balde con agua (fría o caliente da lo mismo) porque las voces las imágenes las rabias y las culpas me llegaron de sopetón hasta el punto de sentir nauseas. Debo haberme quedado de esta forma al menos 5 minutos.

Finalmente solté las frazadas y volví a meter ese brazo (el derecho) debajo de ellas. Lentamente, al igual que todos mis procesos mentales, el sol o la luz del día comenzó a potenciarse a través de la ventana, me daba cuenta de que las horas estaban pasando y yo seguía ahí postrado incapaz de nada. Sabía que al menos debía llamar por teléfono al trabajo para decir que estaba enfermo, o que se había muerto un pariente a último minuto, pero no lo hice. Quizás quieran saber qué rayos era lo que estaba pensando. Al principio juro que nada, solo era un tabla que se mecía en alguna agua turbia y no necesariamente cristalina. Después recordé una imagen que he visto varias veces, puede que en vídeos musicales, en reportajes o en noticiarios. Es esa donde se ven las calles de la ciudad en la noche, vacías e iluminadas y a medida que comienza a amanecer extrañamente esas calles comienzan a poblarse de automóviles miles y muchas personas, todos dirigiéndose con decisión envidiable hacia algún lugar que en un tiempo creí que debía ser la felicidad y que luego concluí que no era nada particular. Pensé esto es una locura, ponerse de acuerdo para echar a andar los engranajes de un absurdo y viejo reloj. Empecé a dejar de entender los motivos que me llevaban a levantarme todos los días para ir a preparar comida insana a gente ajena. Con la claridad que otorga la lejanía en el tiempo comprendo que al final de ese día tomé una determinación, y esa determinación era no volver a levantarme jamás.

Me quedé tranquilo, casi feliz. Pero no tardé en descubrir que con esta resolución se me presentaban dos problemas, necesitaba ir al baño y comer. Mi casa es muy pequeña, para llegar al baño hubieran bastado 11 pasos (algún día los conté) y a la cocina no serían más de 14, aún así eran gestos que no estaba dispuesto a emprender. Al cabo de unos minutos asumí que me vería obligado por las leyes naturales a ejecutar movimientos, pero dado que lo iba a hacer que fuera tan eficaz y perfecto que fuera uno solo, el último.

Hice lo siguiente: me levanté y me dirigí al baño, saqué un lavatorio plástico de color rojo que mi hermana trajo para algún fin doméstico del que nunca me di por enterado; pasé a la cocina, en el lavatorio coloqué toda la comida que me fue posible encontrar, conecté una vieja manguera a la llave del lavaplatos y dejé correr el agua escasamente, cosa de no inundar el inmueble. Cuando me devolvía a mi pieza de reojo vi la cadena y el candado de mi bicicleta, los tomé. Mi nueva vida estaba resuelta.

Pasé la manguera por el hueco de la puerta donde alguna vez hubo una chapa, cerré la puerta tras de mi y con algún esfuerzo logré poner la cadena y el candado, blindándome así por dentro. La manguera la arrastré y la dejé colgando en la ventana que da al patio, la comida la situé al lado de la cama, al igual que el lavatorio pero con la precaución de colocarlos en lados opuestos ya que este último serviría de recipiente para mis orinas y fecas. Antes de meterme en la cama me cuidé de proveerme un cuaderno y un lápiz por si por esas cosas de la vida me bajaba algún tipo de inspiración literaria (inspiración sin fundamento dado que solo recuerdo haber leído "el niño que enloqueció de amor") o sucedía algo extraordinario que debiera quedar registrado.

Con el paso de los días comprendí que aquello de comer 3 veces al día más que exageración es egoísmo y gula, tampoco es tan necesario cocer los fideos ni el arroz, el agua lenta que me llega me basta y por ende mis desechos son exiguos y fáciles de lanzar por la ventana hacia el patio. El resto del día lo paso mirando el techo o disfrutando de las sombras que las diversas luces que conforman un día recrean en mis paredes vacías, he querido hacer el seguimiento a las arañas vecinas pero pierdo el interés fácilmente.

Verdaderamente es tan poco lo que uno necesita para mantenerse con vida.
Me decidí a usar el cuaderno y el lápiz por la sencilla razón de que al parecer ha pasado mucho tiempo. La comida casi se acaba, pero bueno esto no es lo que me preocupa, he sentido cartas o más bien cuentas arrastrándose bajo mi puerta, seguramente también alguna nota de mi jefe anunciando que ya no pertenezco al selecto y privilegiado grupo de trabajadores de Los Pollitos Dicen, lo peor son los golpes, no dudo en que mi hermana haya venido a verme y quien sabe los vecinos le hayan dicho que ya no ven luces encendidas, quizás con el tiempo hasta vengan a derribar la puerta y ver qué sucede si es que no se les adelanta la Señora Tita, mi arrendataria, la pobre tenía tan buena voluntad que seguro por eso no ha venido antes a cobrarme los por lo menos 2 meses que llevo de deuda.

Aquí se acaba el relato, yo seguiré en cama.

miércoles, julio 12, 2006

:: Medio Septiembre ::


por Raquel Pinares
Me gritó que corriera, que me apurara. Yo, como pude corrí, me apuré. Él cada vez más rápido y yo cada vez más cansada, una cuadra más y mis piernas se desplomaban.

Acá lo perdí. Dijo que me escondiera ahí dentro, pero entre gritos, aullidos, relinchos y fúsiles, no pude entender dónde me esperaría. Las calles se desangraban, y llegué a suponer que nunca lo encontraría.

Gritos, rastros, huellas, y llantos por todos los rincones, pero ninguno me llevaba a él y yo... yo creo que no busqué bien, debería haber dado otra vuelta, revisar las listas otra vez, levantar unos cartones y otras piedras...
Entonces la señora me miró como queriendo encontrarlo en mis ojos, como creyendo que en cualquier momento este fallo prototipo de adolescente empeñada en vivir de la vida le soltaría una carcajada y nada pasó, quién sabe, quizá hasta esperando que entre el torpe movimiento de mis manos le pasara una por detrás de la oreja y le devolviera a su hijo, así como lo hacía mi tío Manuel para regalarme una moneda y terminar en una sonrisa. Incluso yo pensé que era otro sueño, es que hace ya días venía soñando con él.

jueves, junio 29, 2006

:: La Transición ::

Por Marco Soto


Varios años de tinta han corrido en el país con el tema de la transición. Algunos dándola por finalizada y otros que dicen que recién está empezando. Incluso un erudito escribió la palabra en un papel que dejó en el suelo durante cuarenta días y cuarenta noches, dando por resultado la palabra transacción, que lo dejó aun mas confundido.


En todo caso aquí no voy a hablar de la transición política, sino de una más íntima cuya singularidad para mí es que representó mi cambio de la niñez a la adultez, es la transición del lápiz de mina al del lápiz de pasta.

Pero primero vamos por parte:
La primera vez que tuve los dos lápices en mi mesa estuve dubitativo. No sabía si elegir entre lo tradicional o la novedad. Con la osadía de la inexperiencia, me aventuré con el BIC. Con cautela escribía, hasta que llegó la equivocación. Que acá es fatal. Con terror veía que lo escrito no salía con nada. Ya no me servía la impunidad que antes me daba la goma. Y si ocupaba el corrector dejaba una mancha blanca que parecía una costra de una gran herida. En ese momento ese hecho lo asocié a que todos mis actos iban a quedar plasmados para siempr
e, y me odié.

Durante un tiempo, exilié al bolígrafo a un rincón de la mesa. Sólo lo sacaba de allí para los títulos o los subrayados.

Hasta que un día la profesora se me acercó y me dijo: “¿hasta cuando Soto escribe con el grafito? mañana lo quiero ver con un bolígrafo, yo le respondí:”sí señorita” ante la risa de mis compañeros.


Aunque ahora me demore el doble, primero escribo con el FABER y luego con el BIC. Ya que nunca dejaré ver todos los muertos que deja el proceso de mi escritura y solo verán el resultado final.

domingo, junio 04, 2006

:: Teatro en un Burdel ::


Mientras caminaba como escapando, se secó la frente con los puños y sus manos en el pantalón. Llevaba un morral deteriorado, aniquilado de cosas, de ahí sacó un libro, lo abrió en una página más o menos del medio y lo cerró inmediatamente (parece que leyó una hoja anexa). Lo metió como pudo, pero con cuidado, y siguió caminando como buscando algo con la mirada, dobló en la cuadra de los cafés.
Lo tuve que seguir. Desde mi ángulo veía una zapatilla café y gastada, veía una y luego la otra. Pantalones grisáceos con un hoyo debajo del bolsillo de atrás y un chaleco holgado, verde gastado.
Me detuve un par de veces en un negocio, hacía como que no escuchaba los comentarios y hacía como que miraba los titulares de los diarios, y cuando ya mis ojos no se podían torcer más, metía mis manos en los bolsillos y rápidamente proseguía.
Me gustaría haber sabido de un principio lo que llevaba en el morral, pero ya hace tiempo me había convertido en su cómplice.

Contorneó el Mapocho pasando a llevar las rejas con el librillo (se desprende la hoja escrita). A veces se detenía y miraba un poco.

Yo siempre creí mantener mi distancia… sobre todo esa vez. Cuando me encontraba en ese local, cuando caminaba y quise entrar también. Hace rato ya, como en la madrugada. Cuando salió de una pensión de la calle Agustinas. Caminó firme y expeliendo sudor. Se secó la frente. Y su morral rebotaba y casi se rompía de atados que tenía dentro y volvía a rebotar y como que iba persiguiéndolo.
Una cuadra antes de llegar al local, un burdel, rayó en su libro (y ahora sí puedo dar fe de todo lo que ocurrió), traspasó de un golpe la puerta, la cerró sin disimular y de su morral sacó una pistola y apuntó a La Bailarina. Su palma ahora también sudaba y sus dedos eran sólo nervios, su rostro era duro y eficaz. Su respiración se cortaba, hasta que pudo tragar todo el aire de los asistentes y disparó. Sí, y fue mejor así, es que esos brillantes que la adornaban en esos hilos al cuerpo la tenían ahogada, aparte me molestaban en los ojos, sobre todo cuando bailaba a oscuras y sólo con esa luz para ella sola, y movía sus piernas al son de una música gutural-porno, mientras se manoseaba alzando los brazos de a poco.
Entonces claro, luego el rojo oscuro le penetro tan bien en su monotonía. Fue tan artístico. ¡Verdad! No hubo gritos, sólo una escena fotográfica con aplausos y un apagón de luz que me ayudó a escapar.
Yo siempre creí mantener mi distancia.



domingo, mayo 28, 2006

Monólogo de Camilito



por Bastián Gallardo
Allá, donde todas las cabezas eran rubias, tez blanca y ojos claros; donde las langostas son el pan de cada día, allá donde las tipas engañan a sus maridos con sus Personal Trainer, allá…
-Siempre, siempre. Cada vez que no me quiero acostar ella grita. ¿Por qué los adultos gritan? Que Camilo guarda tus juguetes, que Camilo lávate los dientes, que Camilo esto y esto otro. Y qué sé yo qué es ser ordenado. Me aburre vivir en esta casa enorme, me aburre tener tantos juguetes. Más bien me aburrí de esta familia, mi madre habla todo el día por su famoso celular, mi padre se desaparece a las ocho de la mañana, cuando me voy al colegio, y no lo veo llegar hasta el otro día cuando de nuevo se levanta a las ocho en punto. Y ese colegio; la Miss hablando todo el día en inglés, no le entiendo ni jota… Un día de estos me voy a arrancar…
-El niño cae en desesperación soltando unas cuantas lágrimas; entre sollozos y suspiros entrecortados, intenta seguir analizándose.
-Sí, me voy a arrancar, total nadie se dará cuenta… Nadie me va a echar de menos. O mejor voy a quemar la casa entera y me voy a quedar adentro, así digan Camilito, Camilito, ¿qué te hicimos? ¿Por qué es tan cruel tu final? Y ahí los quiero ver, lamentándose junto a mi cuerpo todo negrito y quemadito – Orgulloso de su decisión, Camilo se seca las lágrimas, con velocidad se pone pie dispuesto a calentar sus manos en una fogata- … Y si mejor me arranco nada más… ¿Qué dices Trapito? - Le consultó a su más fiel peluche; una especie de espantapájaros de Soft- ¿Me quemo o me arranco?
-…
-¿Tú crees? Quizá deba llevarte conmigo, me serás de gran utilidad. Me harás compañía, me ayudarás a trabajar, y ganaremos mucha plata, sí, seremos felices y… No, sabes; mejor quédate, estarás a cargo de toda mi pieza, yo ya no la necesito. Seré feliz debajo de un cartón, o un diario. Me alejaré de toda civilización, viajaré por el mundo, crearé mi propio país, seré un gran Presidente, mandaré a todos los adultos y los voy a presionar a hacer todo lo que los niños estamos obligados, y voy a empezar por mis padres, ahí si que se las van a ver; se van a arrepentir de haberme obligado a dormir cuando no tenía sueño. Y a mi nana, la voy a mandar de nuevo a Perú, no tiene qué estar haciendo acá, lo único que hace es retarme y retarme. Y a la Miss la voy a mandar a Inglaterra; pero primero me voy a casar con ella, y ahí si que vamos a ser felices, y vamos a tener muchos hijos; pero si me habla en inglés la mandaré a fusilar; o quizá no. Si es muy hermosa, yo la quiero mucho… pero primero me voy a arrancar de mi casa, ¿dónde dejé mi mochila? Mi mamá siempre lo sabe… ¿Quién necesita una mochila? Nadie. Me voy así, sin nada más que yo y mi uniforme… Creo que debo cambiarme de ropa… ¡No!, soy un chico rebelde y los chicos como yo no se cambian de ropa cuando llegan del colegio, nadie me va a obligar, desde ahora en adelante yo pongo las reglas, ni mi mamá me va cuestionar lo que hago. Ella para mí ya no existe.
-El pequeño admira con una pizca de lamentación, su ya antigua habitación donde pasó sus primeros ocho años, alegre, con la mirada trató de decir un adiós a cada peluche Made In Germany, a cada marioneta de roble tallado, a cada juguete hecho con tecnología de punta, a cada rincón de su dorada habitación-
- Ahora que por fin me separo de ustedes, los dejo a cargo de Trapito, sé que él los cuidará y ayudará en todos sus problemas, quizá mejor que yo, mucho mejor que yo. Si viene mamá, díganle que la quiero mucho; pero debo seguir con mi vida, no puedo estar para siempre a cargo de ella… - Suspiró profundamente, se acercó a la ventana… - Cuando pase esta ventana, podrán ver un nuevo Camilo, alguien ya maduro e independiente, prepárate mundo porque aquí se te viene Camilo Alberto Errázuriz Vicuña.
-¡¿Camilito?! Cállese, no grite. ¡Acuéstese!
-Bueno mamá…
Esa noche, Camilito durmió profundamente entre su acomodada habitación, casa y familia.