:: La Micro ::
por Paula Guapiante
Como todos los calurosos viernes de noviembre, esperaba la MB 81, Buin - Metro 14, sentada en el paradero mientras analizaba, hilacha a pelusa, mi cansado uniforme que ya había sobrevivido tres largos y agotadores años escolares (no sé cómo yo había aguantado 13) y sentía cómo se iba endureciendo, por el peso de mi mochila no–anatómica, esa parte del cuerpo que está entre el cuello y los hombros y que, en teoría, debiera ser blanda.
El paradero estaba vacío. Gracias a una comunicación, yo estaba esperando la micro varias horas antes que mis compañeros. El calor era seco y ahogante. Cuando divisé la mole celeste me puse de pie y levanté el brazo en un ángulo levemente obtuso. La máquina se detuvo y abrió, con ese sonido airoso, la puerta delantera. Caminé directo hacia el final de la micro y me senté al lado de la ventana derecha, que era donde no legaba el sol. En la radio sonaba el asqueroso “dime que no y me tendrás pensando todo el día en ti” del guatemalteco... seguro que era la FM dos (en la mitad de las micros suena la FM dos y en la otra mitad, la radio Corazón).
Cerré los ojos tratando de dormir. No sé cuánto rato estuve sin mirar, pero cuando volví a abrir los ojos estaba sentado a mi izquierda el hombre perfecto; era exactamente el príncipe azul que esperé toda mi vida. Diego. No podía llamarse de otra manera, no porque Diego sea mi nombre favorito, sino porque su cara y su cuerpo reflejaban ese nombre. Sólo con mirarlo, supe que se llamaba Diego. (Algo así como Esteban, el ahogado de García Márquez.) Justo en ese momento se acabó la canción de Arjona y empezó Eres de Café Tacuba.
Como acostumbro a imaginar historias sin darme cuenta, esta vez no pude evitarlo y, de pronto, estaba imaginando una: Diego y yo llevábamos cerca de dos años juntos, estábamos enamorados y planeábamos casarnos. Esa noche se lo íbamos a decir a mis papás y en el almuerzo del día siguiente, a mis suegros, Raúl y Marta. Queríamos irnos a vivir a una casa, chica pero bonita, en Concepción, donde nos conocimos, o a cualquier lugar lindo y que nos acomode. Nuestro perro iba a ser quiltro y se iba a llamar Facundo, nuestra primera hija, Sofía. Después pensaríamos en los nombres del resto de los niños. ¡Sería tan linda nuestra vida!
Ahora, en la micro, íbamos al cine a ver una de Tarantino que en la sinopsis se veía buenísima. En eso, le suena el celular a Diego, él mira la pantalla, sonríe y contesta con un dulce “Hola, mi amor” y luego sigue “Sí, ya voy llegando”... “Nos vemos”... “Yo también”... “Un beso”... “Chao”. Yo no podía creer lo que escuchaba pero, a pesar de estar al borde del llanto, lo encaré:
-¡Quién era!
El sinvergüenza puso cara de asombro y, aún con el celular en la mano, se hizo el tonto
- ¿Qué?
- ¡Quién era, te pregunté! Ya toda la gente que venía en la micro se daba vuelta para saber qué pasaba.
- L... La Carola.
Comenzaron a saltar lágrimas de mis ojos.
- ¿Hace cuánto que estái con ella?
- un año y medio ¿p...
- ¡un año y medio! –lo interrumpí- ¿cómo pudiste hacerme esto? Se acabó todo, Diego.
- pero si yo no...
- ¡Te dije que se acabó todo! –le grité antes de dejarlo terminar la frase- no te atrevái a llamarme- le dije mientras me paraba y tocaba el timbre.
Me bajé rápido, y algo, nunca supe qué, hizo que dejara de imaginar y que volviera a la realidad. Desde la calle vi que toda la gente de la micro me observaba, pero lo que más me llamó la atención fue que un precioso desconocido me miraba con cara de interrogación y espanto, mientras sostenía un celular en la mano.
Después de eso, nunca más me retiré temprano del colegio por miedo de encontrarme otra vez con el hombre de mis sueños.
Como todos los calurosos viernes de noviembre, esperaba la MB 81, Buin - Metro 14, sentada en el paradero mientras analizaba, hilacha a pelusa, mi cansado uniforme que ya había sobrevivido tres largos y agotadores años escolares (no sé cómo yo había aguantado 13) y sentía cómo se iba endureciendo, por el peso de mi mochila no–anatómica, esa parte del cuerpo que está entre el cuello y los hombros y que, en teoría, debiera ser blanda.
El paradero estaba vacío. Gracias a una comunicación, yo estaba esperando la micro varias horas antes que mis compañeros. El calor era seco y ahogante. Cuando divisé la mole celeste me puse de pie y levanté el brazo en un ángulo levemente obtuso. La máquina se detuvo y abrió, con ese sonido airoso, la puerta delantera. Caminé directo hacia el final de la micro y me senté al lado de la ventana derecha, que era donde no legaba el sol. En la radio sonaba el asqueroso “dime que no y me tendrás pensando todo el día en ti” del guatemalteco... seguro que era la FM dos (en la mitad de las micros suena la FM dos y en la otra mitad, la radio Corazón).
Cerré los ojos tratando de dormir. No sé cuánto rato estuve sin mirar, pero cuando volví a abrir los ojos estaba sentado a mi izquierda el hombre perfecto; era exactamente el príncipe azul que esperé toda mi vida. Diego. No podía llamarse de otra manera, no porque Diego sea mi nombre favorito, sino porque su cara y su cuerpo reflejaban ese nombre. Sólo con mirarlo, supe que se llamaba Diego. (Algo así como Esteban, el ahogado de García Márquez.) Justo en ese momento se acabó la canción de Arjona y empezó Eres de Café Tacuba.
Como acostumbro a imaginar historias sin darme cuenta, esta vez no pude evitarlo y, de pronto, estaba imaginando una: Diego y yo llevábamos cerca de dos años juntos, estábamos enamorados y planeábamos casarnos. Esa noche se lo íbamos a decir a mis papás y en el almuerzo del día siguiente, a mis suegros, Raúl y Marta. Queríamos irnos a vivir a una casa, chica pero bonita, en Concepción, donde nos conocimos, o a cualquier lugar lindo y que nos acomode. Nuestro perro iba a ser quiltro y se iba a llamar Facundo, nuestra primera hija, Sofía. Después pensaríamos en los nombres del resto de los niños. ¡Sería tan linda nuestra vida!
Ahora, en la micro, íbamos al cine a ver una de Tarantino que en la sinopsis se veía buenísima. En eso, le suena el celular a Diego, él mira la pantalla, sonríe y contesta con un dulce “Hola, mi amor” y luego sigue “Sí, ya voy llegando”... “Nos vemos”... “Yo también”... “Un beso”... “Chao”. Yo no podía creer lo que escuchaba pero, a pesar de estar al borde del llanto, lo encaré:
-¡Quién era!
El sinvergüenza puso cara de asombro y, aún con el celular en la mano, se hizo el tonto
- ¿Qué?
- ¡Quién era, te pregunté! Ya toda la gente que venía en la micro se daba vuelta para saber qué pasaba.
- L... La Carola.
Comenzaron a saltar lágrimas de mis ojos.
- ¿Hace cuánto que estái con ella?
- un año y medio ¿p...
- ¡un año y medio! –lo interrumpí- ¿cómo pudiste hacerme esto? Se acabó todo, Diego.
- pero si yo no...
- ¡Te dije que se acabó todo! –le grité antes de dejarlo terminar la frase- no te atrevái a llamarme- le dije mientras me paraba y tocaba el timbre.
Me bajé rápido, y algo, nunca supe qué, hizo que dejara de imaginar y que volviera a la realidad. Desde la calle vi que toda la gente de la micro me observaba, pero lo que más me llamó la atención fue que un precioso desconocido me miraba con cara de interrogación y espanto, mientras sostenía un celular en la mano.
Después de eso, nunca más me retiré temprano del colegio por miedo de encontrarme otra vez con el hombre de mis sueños.















